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ciudades rioplatenses eran receptáculos de inumerables
manifestaciones culturales.
Pero además y principalmente
centros de creación de nuevos productos. Se trataba
de pueblos jóvenes y de la construcción
de nuevos países, con hombres y mujeres ávidos
de fortuna rápida, el ambiente era fermental
y propicio para la creación. A medida que pasaban
los años y se acercaba el nuevo siglo, ese optimismo
vital se transformó en la frustración
de los sueños no concretados y en pesimismo,
esta última veta, la del dolor, también
mostró un enorme potencial creativo.
Entre esfuerzos y sudores, penas y
alegrías, progreso económico y social
o pobreza según la suerte de cada uno los pujantes
moradores de ambas orillas del Río de la Plata
nunca dejaron de divertirse y bailar tango.
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| Los patios de los tango
club conventillos y las calles en los días de
fiesta, las salidas de las fábricas, de las obras
en construcción o de los cuarteles, los bares
donde despuntaba la nueva sociabilidad, pequeños
teatros, los circos y por supuesto, los prostíbulos,
eran los lugares donde gente llegada de todo el mundo
y del campo de la Argentina y de Uruguay se divertían,
cantaban y bailaban.
A diferencia de la época actual,
donde los grandes protagonistas de la música
son los autores, los ejecutantes para bailar
tango y los cantores , dejando para el pueblo
una actitud pasiva y receptora, en las últimas
décadas del siglo XIX, el registro y la permanencia
de la creatividad correspondían a los autores
que estampaban notas y poemas en el papel, pero también
y fundamentalmente al pueblo que recordaba, repetía
y transmitía las obras a través del canto.
La transmisión de la cultura musical del pueblo
rioplatense se hacía de boca a oído, cantando,
de fiesta en fiesta y de farra en farra.
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